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La revelación
Los tres chiquillos corrían alegres, cada cual con su papalote en la mano. Diego y Eduardo, al contar con más recursos, los elaboraron con bastoncillos pulidos, liviano papel multicolor y cordel de resistente cáñamo.
Miguel, al no contar con tanto, lo elaboró con un burdo papel de empaques que encontró en el contenedor de basura, ramas de árbol, la raída tela del saco que su papá recién había desechado —cortando tiras medianas, a las que luego anudó entre sí— y un trozo de gruesa cuerda, a la que deshebró para sacar de ella cordoncillos más delgados.
Llegaron al claro —entre la arboleda y el cerro gordo— cuyas dimensiones eran las idóneas para “Pista de Despegue” y, casi de inmediato, los papalotes de Diego y Eduardo estaban volando por todo lo alto.
¡Qué maravilla, con qué grácil belleza remontaban los aires!
Sólo Miguel no lograba que su papalote levantara el vuelo; pues resultó ser demasiado grande y pesado para la débil corriente que había en el sitio.
Sus amiguitos empezaron a hacer mofa de él y de su papalote:
—¡Hey, Miguel, que sos un baturro!
—¡Andá, che, ve a que te den con tu titánic!
Pero Miguel no prestó oídos a sus lisonjas y, con la mirada iluminada por la revelación, subió a lo alto del cerro gordo. Puso el papalote a sus espaldas, amarró el cordoncillo a su cintura, se sujetó con ambas manos y, aprovechando las fuertes corrientes de aire, levantó el vuelo...
El viaje
Viajó hasta ese rincón del universo para protestar ante Él por las miserias humanas y para hacerle entender que las diferencias de color entre los hombres eran causa de los sentimientos de superioridad, de ambición, de envidia y de temor, provocando con ello que se mataran entre hermanos.
Y en representación de la humanidad gritó de frustración. Gritó de dolor y gritó de impotente enfado ante lo que acabó por comprender en ése sitio; pues, en vez de encontrarse cara a cara con un ser divino —un ente descomunal—, sólo vió un trono de piedra que los eones habían derruido y, entre los restos, encontró un polvoso cartel que decía:
“SEDE OFICIAL DE LA DIVINIDAD”—VACANTE—
El espejo
Entró a su despacho de supervisor en la compañía “Biológicos, Moleculares y productos afines del Universo” y le preguntó a su secretario, quien estaba parado frente a la máquina receptora de mensajes:
—¿Qué ha llegado hoy?
—Lo mismo de siempre, señor: “Te suplico...”, “Auxíliame...”
—¡Caramba! Creí que las palabras “... y el creador hizo al hombre a su imagen y semejanza” —que se incluyen en el archivo “Léame” y que normalmente se les envía a todos los nuevos mundos— serían más que suficientes para que entendieran a quién deben de dirigirse en caso de problemas.
—Pues parece que no lo comprendieron, señor.
—Tienes razón... Por favor, anota en la minuta de la próxima junta la propuesta de que, en lo sucesivo, además del archivo “Léame”, enviemos un espejo de tamaño natural.
Aviso oportuno
AAA ¡¡¡VENTA DE LIQUIDACIÓN!!!
Cerraremos nuestras puertas con ocasión del fin del mundo, programado para fecha próxima. Así mismo, aprovechamos para ponernos a sus órdenes dónde y cuando haya posibilidad.
Para mayor información: Segundas Oportunidades y Minutos Extras, S.A. de C.V.
Penalidades
Metió la mano y sacó al gato; lo intentó de nuevo y sacó al conejo. La mujer lo alentó a continuar, diciéndole con sensual gesto: —Sigue buscando, amor. Estoy segura que ahí dentro existe un rugiente león.
El otro lado
En un recóndito lugar y dentro de una lúgubre oficina iluminada por un pequeño cabo de cera, se afana en poner en orden los libros de contabilidad el escritor, tránsfuga de las letras. En el otro extremo del universo, unidas las manos en corro y en profundo trance, el consejo universal de escritores lo mira hacer a través de su visión a distancia. El Maestre Supremo rompe el círculo y exclama consternado:
—Es demasiado tarde; lo hemos perdido. Se dejó seducir por el lado escuro de la fuerza.
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